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Mientras turistas disfrutaban de una playa de Cozumel, en Quintana Roo, México, presenciaron la llegada de una nueva generación de tortugas marinas. Entre las pequeñas crías de tonos oscuros apareció una que sobresalía de inmediato: tenía el caparazón y las aletas blanquecinos, como si la naturaleza hubiera reservado una sorpresa entre tantos nacimientos.
Pero había un detalle todavía más interesante: sus ojos conservaban el color oscuro. Su apariencia fue atribuida al leucismo, una condición que reduce la pigmentación del cuerpo y que, a diferencia del albinismo, puede mantener la coloración habitual de los ojos. Aquella pequeña pertenecía al mismo grupo de tortugas, aunque su aspecto la hacía parecer salida de otra historia.
Con sus diminutas aletas y un caparazón casi blanco, la recién nacida convirtió una escena hermosa en un encuentro extraordinario.
Los visitantes habían llegado para disfrutar del Caribe y terminaron contemplando una de esas rarezas que recuerdan cuánto puede sorprender la naturaleza desde el primer instante de vida.
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